Yo jugué mal. Muchas veces. Jugué mal casi el 90 por ciento de las veces. Pero arriesgué. Siempre arriesgué. Y por encima de todo me puse en la palestra. Me desnudé. Me quedé sin nada y arriesgué todo lo que tenía por cosas que ahora veo absurdas. Alguna que otra vez gané. Y Dios sabe cuánto de bien me hicieron sentir esas pequeñas victorias. Me arrepentí también. De todas las otras veces en las que no gané. En las que otros ganaron y se llevaron cosas que eran mías. Cosas que no les pertenecían. Cosas que jamás he podido recuperar. Muchas de esas personas se llevaron trozos importantes que ahora, de vez en cuando, noto y echo en falta. Los huecos están ahí. Nunca se llenan del todo. Puede venir alguien y echar un poco de arena. Pero jamás acaban de rellenarse al completo. Porque cada cosa está hecha de una arena especial. Y siempre notas que falta algo. Tiras hacia delante, vuelves a jugar, a arriesgar. Pero ya no lo das todo. Ahora ya no te quedas sin cartas escondidas en los tobillos. Ahora juegas un poco, vas a lo seguro. Porque, en la vida, las personas que hemos perdido muchas veces y que notamos de vez en cuando a esa parte hueca de nosotros gritar con angustia y culparnos de todas y cada una de las partidas que perdimos, llegamos a un punto en el que ya no nos podemos permitir perder más. Porque, simplemente, no lo soportaríamos. No lo soportaría. También me he vendido. A mí. Sí, a mí como persona. Y varias veces. La primera me sentí tan sucia que prometí no volver a hacerlo. A veces las personas cometemos el estúpido error de valorar a otras personas o a otras cosas más que a nosotros mismos. Y luego, cuando te vendes de esa manera, cuando quedas por la altura del betún, te das cuenta de que, conforme avanza la vida, la gente viene y va, las cosas desaparecen y lo único que queda eres tú. Y si te quitas del medio, la mayoría de las veces ni siquiera tendrás la oportunidad de volver a recogerte. Del subsuelo digo. Porque caes tan bajo que no hay forma alguna de que te levantes sola. Con tus manos. No te bastas. Resultas insuficiente. Y necesitas de alguien. Y no te queda otra que quedarte ahí, en el agujero, bien al fondo, esperando a que una alma gentil y bondadosa pase y te tienda su mano. Pero algunos pasan, miran y se van. Y te miran con esa... Con esa mirada que tanto detesto. Como diciéndote: "¿Ves? Te lo advertí. Caíste". Sí. Caí. Caí una y mil veces. Y sí. Sí que necesité ayuda muchas veces. Y sí. También. También sentí vergüenza cuando los mios me vieron hundida y sin armas para volver a la guerra. No sé si han pasado alguna vez algo parecido. O si han sentido algo que se pueda equiparar a eso. Digamos que es algo así como si estuvieses tumbado por completo en el suelo, después de haber batallado lo indescriptible, y de repente pasa uno de esos que te dejó medio hueca y ni siquiera tienes la fortaleza mínima y suficiente para estirar el pie y hacerle la zancadilla. Sino que necesitas que algún compañero pase y te levante, y te sacuda el polvo que tú misma has vertido sobre tu cuerpo, y que luego te de un poco de agilidad mental para volver al mundo donde algunos ganan y la mayoría... Bueno, la mayoría pierde. Por eso a veces hay que hacer la zancadilla, para agarrar un poco de ventaja. Por eso a veces hay que llenarse los huequecitos de algodón, para que no puedan sacarte más arena. Por eso a veces hay que ir por delante y a la izquierda, para que no te eliminen por la vía fácil, para que la conciencia nos deje tranquilos a las tres de la madrugada cuando te es imposible pegar una cabezada y tienes a esa maldita vocecita en tu oido repitiendo una y otra vez: ""¿Ves? Te lo advertí. Caíste" ¡Sí! ¡Sí! Caí y todo eso. Y fui muy estúpida. Lo admito. Pero déjenme dormir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario